De auténticas joyas pueden calificarse las pequeñas construcciones en las que, con ingenio y habilidad, los habitantes de esta zona del Sobrarbe supieron procurarse un cobijo en el que protegerse del frío en invierno o de una inoportuna tronada las tardes de verano.
Su antigüedad tal vez no sea mucha, pero a ambos seguro que les aventajan en íntima unión con las necesidades y vivencias de generaciones y generaciones de anónimos labradores y pastores del municipio. Si pudieran hablar, sus muros podrían contarnos historias de soledad o de trabajos cansados, pero también de descansos bien merecidos, de sabrosas comidas o de momentos amorosos a salvo de miradas indiscretas.

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